sábado, 28 de marzo de 2015

RELATO MARINERO


UN AMOR EN CADA PUERTO

Todo ocurrió el primer día de primavera, el Sol brillaba de otra manera, el aire más limpio y olía a flores; el olor de la brisa marina … una de las mejores sensaciones que se podía tener en aquel momento.

Yo vivo en Chipiona, pero fui a Cádiz con mis padres, mientras que mis padres se quedaron en el hospital viendo a un amigo, yo me fui a dar un paseo. Decidí caminar un poco por el Puente Carranza , porque las vistas de la bahía eran preciosas: el agua verde y transparente, podía verse los bancos de peces pequeños; y barquitas de pescadores surcando la bahía.

De pronto, en el horizonte pude divisar un barco como aquellos que había visto en las películas de descubridores; con sus cuatro mástiles, con sus dos cañones, el bauprés con el mascarón...

Escuché a unos pescadores que estaban en la baranda del puente paseando decir:

-¡Ahí viene el Juan Sebastían Elcano! - ese era el nombre del barco, a mí me sonaba de escucharlo a mis padres, de los libros de historia y de las noticias. Algo así de que era un buque escuela.

Así que empezaron a sonar unas alarmas y pude ver unos letreros que anunciaban que el puente se iba a abrir. El barco se iba acercando, y podía divisar mejor los detalles.

De repente, me doy cuenta de que los coches empiezan a aminorar la marcha y a pararse, entonces le pregunté a uno de los hombres que estaban pescando:

- ¿Qué es lo que pasa?
- Que van a cortar el tráfico porque el puente se va a abrir para que pase el barco más bonito del mundo- dijo el hombre piropeando.

Yo me quedé viendo cómo se acercaba el barco cada vez más y como en la cubierta estaban formados los marinos todos vestidos de blanco y bien alineados.


Poco a poco, a medida que se iban acercando, los podía ver mejor; cada vez se acercaba más y más, y entonces ya estaba a punto de cruzar por debajo cuando me di cuenta que uno de los marineros no apartaba su mirada de mí. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no pude evitar sonreír a lo cual él me respondió con una sonrisa abierta y franca. Tenía los ojos verdes como el mar que tenía bajo sus pies, parecían hablarme; era alto, delgado y tenía el pelo ondulado y de color de la arena.

A medida que se iba alejando, giraba su cabeza y no pudimos dejar de mirarnos. Yo sentí que el viento se paró y solo transcurría ese instante. Cuando lo perdí de vista me di cuenta, que algo en mí, había cambiado; no podía dejar de pensar en eso: ¿Cómo podría ser?, conocerlo, vernos, hablar y por qué no decirlo … ¡besarnos!



Miré el reloj, tenía que irme con mis padres. De vuelta a Chipiona sentí un vacío en mí, ¿cómo podría haber cambiado de ánimo en tan solo un momento? Fue ahí donde me di cuenta que me había enamorado.

Al día siguiente, busqué información sobre el barco, sus marineros, en fin, me recorrí cientos de páginas webs, una y otra, cada vez estaba más emocionada.
Juan Sebastián Elcano” no me lo podía quitar de la cabeza ese nombre una y otra vez...

Entonces, a la semana siguiente fui a Cádiz de nuevo con mis padres, iba bajando por la calle de San Francisco cuando a lo lejos pude ver un grupo de muchachos, se podía apreciar que eran marineros; a medida que se iban acercando, no podía creer lo que estaba pasando. Sin duda era él, algo recorrió por mis venas; podía sentir el calor en mi cara y en todo mi cuerpo. Podía ver mi cara de tonta cuando él me dijo:

-¡Eres tú!

Esto solo fue nuestro principio: dábamos vueltas y charlábamos sobre nuestros gustos, mi sorpresa fue que ¡coincidíamos mucho!

Una de las veces que quedamos, fuimos a un parque con el césped verde y fresco, fue ahí donde nos dimos el primer beso, el beso tan esperado. Fue una sensación que volvería a repetir una y otra vez, pero como dicen: “Cada marinero tiene un amor en cada puerto” pues a mí no me importaba ser su Amor del Puerto de Cádiz. Fue una despedida un poco dolorosa, los dos estábamos muy enamorados, y en tan poco tiempo, habíamos cogido mucha confianza, algo que me gustaba mucho, él era muy alegre y le encantaba contarme historias sobre cosas que le había pasado surcando mares y eso me encantaba de él.

Al fin llegó la hora que ninguno de los dos queríamos: la hora en la que embarcó de nuevo para surcar nuevos mares … Nos dimos un último beso y él se iba alejando poco a poco hacia el horizonte, no perdíamos la vista el uno del otro, como la primera vez que nos vimos.


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